Forajido estoico. El envolvente sonido de JJ Cale (Disquetera! Vol. VII)

1 I’ll Be There (I Youe Ever Want Me)

2 I Got the Same Old Blues

3 After Midnight

4 Devil in disguise

5 Strange Days

6 Cocaine

7 Trubadour

8 Ain’t That Lovin’ You

9 Soulin

10 If You’re Ever in Oklahoma

11 Cajun Moon

12 Bringing it back

13 Carry On

14 Clyde

15 Sensitive Kind

16 Call Me the Breeze

17 Anyway the wind blows

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Publicado en Neville

Se ha muerto JJ Cale y casi ni nos habíamos enterado de que seguía vivo. Quizás esa sea la maldición de los tipos demasiado rectos para su propio bien. Cale era una de esas figuras esquivas del rock americano, hermano del country outlaw y primo del blues rural. Pertenecía al mismo rango de gente como Warren Zevon, aunque menos ácido,  Townes Van Zandt aunque menos maldito, o John Prine, aunque menos anónimo. Era, en definitiva, un músico de canciones, un artesano cuyas grandes éxitos los cantaron otros. Eric Clapton, con quien en 2006 firmaría el conjunto The Road to Escondido, le debe media carrera a sus Cocaine y After Midnight y Lynyrd Skynyrd definieron el rock sureño en base a una versión, inmortal, de su clásico Call me the Breeze.

Aunque, en cierto modo, estas brillantes apropiaciones le solucionasen eso de la posteridad (y también aquello de los royalties) todas parecen otra cosa cuando se las escuchas al propio Cale, con su acento arrastrado, dormilón, de Oklahoma. Como el gran Merle Haggard, Cale era un oakie, orgulloso oriundo de ese estado que duda entre el medioeste y el sur e integra ambas tradiciones. Ahí está, otra vez, el country blanco y el blues negro; y ambos reverberan en la guitarra de Cale y en su voz.

En Cale todo es suavidad de visón y polvo de carretera, suena a western espectral de Monte Hellman pero con una ironía y un distanciamiento de fondo que añaden a su música dolorida un plus de humanidad y sencillez. Cale, o así suena, parecía un tipo sencillo, el vecino hosco y callado que se sienta en el porche y al cual no hay que molestar, aunque sabes que si lo haces encontraras a un gran contador de historias a quien no le gusta darse importancia. A Cale le bastaban las canciones, era un músico esencial alejado de los artificios que definen su época de esplendor, los 70, donde dejó discos fundamentales como Naturally, Really, Oakie –mi favorito suyo con perlas como I’ll be there (I you ever want me) o Anyway the Wind Blows- , Trubadour o 5 que no solo fue capaz de prorrogar con dignidad sino que dejó alguna pieza mayor como Grasshopper o #8 en los 80.

Tampoco era un músico confesional, de guitarra y dolor desnudo como Van Zandt, tenía, en cambio una densidad y una sofisticación oculta bajo la falta de pretensiones. Había un gusto por palpar la psicodelia en sus voces dobladas y su instrumentalización llena de percusiones cálidas, fronterizas, y líneas de bajo cargadas de funk y negritud que dan un nosequé de trance narcótico a sus discos. Música acogedora, reconfortante; música americana. En todos ellos el punteo distintivo, la voz relajada, el gesto imperturbable, el cool con cazadora vaquera. El forajido estoico.

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