¡Qué Chévere!: la máquina del ritmo de Ray Lugo & The Boogaloo Destroyers

Publicado en Más24

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De una manera u otra todo termina por volver. Ya sea en forma de reciclados, de homenajes vintage o las menos, recogido hoy como si el lapso de tiempo entre el pasado y el presente nunca hubiese ocurrido. Esto es lo que hace Ray Lugo con el boogaloo, una mixtura de sonidos afrolatinos, jazz bailable y soulexclusiva y genuinamente neoyorquino.

El boogaloo es un subgénero (o como se quiera llamar) tan específico y particular que en puridad solo se produjo durante tres años, entre 1966 y 1969, y entre las fronteras de un par de calles, la 52 y la Octava avenida, con epicentro en el Palm Gardens Ballroom, un poco como sucedía en Londres con la escena mod y el mítico Flamingo.
Con precedentes exitosos como el watusi, del percusionista nuyorican Ray Barretto en 1963, el boogaloo ardió en pocos años en los nombres de Joe Cuba, dícese padre efectivo del invento, Pete Terrace, el gran Joe Bataan, Johnny Colon, Charlie Palmieri… y un innumerable conjunto de bandas y solistas que desde sus propios estilos de jazz latino se dejaban contaminar, en feliz promiscuidad rítmica, de la alegría instantánea y elegante del boogaloo.

Pues resulta que el boogaloo, neoyorquino, soul y latino, resucita en un sello británico, Freestyle, dedicado, eso sí a la reanimación de los sonidos menos obvios de la música negra y salsera. Ray Lugo, que estuvo metido en el combo afrobeat Kokolo, decide resucitar el boogaloo en 2011 en un arrollador disco titulado, directamente, Mi Watusi. Frontal y salvaje, repleto de versiones personalizadas de clásicos del estilo, aquel artefacto resucitaba de golpe una manera de acercarse a la música latina que solo los allnighters modernistas parecían recordar a estas alturas y demostraba, que aquello del boogaloo era más que arqueología para diletantes: estaba vivo y coleaba que no veas.

Qué Chévere! es menos exuberante y más preciso, menos estricto también en sus ritmos, sin que falten cortes purísmos como ‘C’mon Everybody’, con tonos de la escuela Fania en ‘El ritmo de Nueva York’, desvíos jazzísticos sensuales y cálidos -de la casi lounge ‘La tumba de Fu-Manchú’ a la cadencia hipnótica de ‘Hong Kong Shing-a-Ling’ y descargas a muerte como‘Ven al Jala Jala’ ‘Terremoto’, una picadora bailable que llega con el disco a punto de finalizar.

Ray Lugo, como sucedió con los artistas originales del boogaloo, con los mejores de ellos, no se cierra y es capaz de trascender sus propias limitaciones, autoimpuestas, traduciendo en algo propio todo ritmo soulero y latin que pasa por sus oídos, directo a sus manos y nuestros pies.

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