Elegancia y brío: New Street Adventure en No Hard Feelings

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New Street Adventure son blue eyed soul de la mejor estirpe. La que recoge el testigo donde The Style Council lo dejó (lo cual significa que aquí todavía queda algo de los últimos Jam, donde el soul se había zampado al punk), con un poco de Northern y otro tanto de los primeros Dexys Midnight Runners,los de Searching For The Young Soul Rebels, Makin’Time o los Fine Young Cannibals; fundiendo así soul, revival modernista y nueva ola;  no en vano pertenecen al sello de Eddie Piller, Acid Jazz.  El resultado, No Hard Feelings, primer disco de una banda que lleva regalando estupendos sencillos desde el 97, es elegante y enérgico, orgulloso y rendido a sus mayores, a los cuales no imita, sino o que intenta aprender de ello para fabricar algo propio.

Es también un disco con cierto filo político, con credibilidad. Nick Corbin no vive en un burbuja de discos viejos y revival filo-ochentero; mira a su alrededor, comenta con agudeza pero sin sermonear, les habla a sus contemporáneos con música atemporal; ritmos vibrantes para tiempos terribles. Lo hace, además, con una voz redondeada y acogedora. No es un cantante arrollador, pero tiene un fraseo donde cabe lo recio –’She Is An Attracction’ o ‘Be Somebody’-  y lo sedoso –’Foolish No One More’-, perfecto remate para una banda de instrumentación clásica, batería poderosa y bajo percutante, con protagonismo para vientos, cuerdas y órgano, punteada de coros femeninos y una sensación general de felicidad, de querer volver a escucharlo, volver a bailarlo.

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The Wicked Whispers: Mapas de los místico

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Comenzar un disco, y más un disco tan tremendo, con una canción que es en realidad un remake tiene algo de  extraño. ‘Chronological Astronaut’ dialoga directamente con el ‘Artificial Energy’ de los Byrds psicodélicos del 68.  Pero no es una versión, es otra cosa; una especie de apropiación, una declaración, incluso. “Allí no cuenta el tiempo”, dice el astronauta cronológico. Los Wicked Whispers son una rareza incluso en el universo de los grupos retro:pertenecen al ahora solo nominalmente, pero su lugar es allí donde no cuenta el tiempo.

Maps of the Mystic es la muy esperada concreción en LP de una banda de prodigiosos singles, alguno como la mesmerizante ‘Amanda Lavender’ aquí incluido, y es, otra singularidad, no un disco retro, sino un disco de su época: la segunda mitad de los 60. Hay más discos así, es cierto, pero este sería una de los buenos de verdad en un quinquenio prodigioso. Maps to the Mistyc suena genuino, fácil, las canciones no se suceden, fluyen en un amnios lisérgico y acogedor, con una continuidad cristalina de la cual es partícipe la rica imaginería, ácida y misteriosa, de sus letras.

Psicodelia, algo de sunshine pop y baroque, orientalismos y jazzismos, Costa Oeste y Mod, Love y The Move, intrincadas melodías vocales, instrumentaciones delicadas que mecen canciones que, con alguna excepción (la balada ‘I’d Follow You Anywhere’ que tiene una vibración familiar a Sixto Rodríguez en la música), no se apartan de la duración de singles, de eso tres minutos mágicos que son la perfección pop, esa que cruza todo el disco y que brilla, deslumbrante, en ‘Paper Dove’ o ‘Medusa’, cabalgando sobre la personal voz de Mike Murphy.

 

País en ruinas: Hurray for the Riff Raff, Small Town Heroes

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Small Town Heroes, el quinto disco de  Alynda Lee Segarra, porque ella es Hurray for the Riff Raff, suena al sur tras la gran ola; a los restos de naufragio tierra adentro, a historia del vecindario, a tipos con los que me crucé y a lo que me contaron y también a lo que viví. Porque, y es algo que no sucede con mucho de los nuevos artistas folk, a Alynda Lee Segarra te la crees. Ella es lo que canta. Su gesto adusto, su mirada feroz y su cuerpo menudo y nervudo son sus canciones.

Y esa voz, claro, esa voz como espectral y desganada, susurrante y lúcida que estremece en ‘The Body Electric’, donde canta eso de que “el mundo entero canta, como si nada fuese mal”, que acompasa el country gospel de ‘St. Roch Blues’ o serpentea irónica entre el honky tonk de ‘I Know It’s Wrong (But That’s Alright)’ o brinca en el bluegrass de ‘Blue Ridge Mountain’. Una voz, que suena como si su dueña jamás fuese a mentirte; tal vez si a mancarte al sacudirte con la verdad, pero nunca a mentirte.

Más country y menos blues, pese a ser un disco del delta, Small Town Heroes habla de lugares y personas, habla de Alynda Lee Segarra, como salida de una novela de Joyce Carol Oates, desde los ritmos clásicos, atemporales, del cancionero norteamericano. Música tradicional para el presente, narraciones de una artista itinerante.

Detroit para las masas: Jessica Hernandez & The Deltas. Secret Evil

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Hay discos que uno sabe que terminará odiando desde el mismo momento que comienza a escucharlos. Bandas que uno, sabe también, que mirará con el desdén del amante despechado; porque tú las conociste primero, y porque eran tuyas. Eso va a pasar, eso te va a pasar, con Jessica Hernandez & The Deltas y ese organismo de precisión diabólica que es Secret Evil, con esa portada de disco elegante y sensual de los primeros 80. Tonos rosas y azulados, título firmado a mano y el rostro irresistible de la propia Jessica Hernandez en el frontal.

Cada corte es un perfecta muestra de un estilo, pulido hasta brillar, cerca de como hay que sonar para ganar a lo grande… pero no tanto como para resultar banales. Algo de electrónica bailable, algo de agresividad, rythm’n’soul de regusto a los 60, un par de guitarrazos bien puestos, voz y actitud, canciones para escoger y quedarse con todas. Una gominola de los sabores de Detroit, ciudad de procedencia de la banda y su cantante y líder. Detroit representa en el imaginario de la música pop norteamericana algo así como la piedra filosofal que todo lo vuelve genuino. Una alquimia del ritmo. Detroit es soul y es rock, es garage y es punk, es hitsville y es underground.

Corran a escuchar Secret Evil, enamórense de Jessica Hernandez. Dentro de un par de años ya no les hará ni caso. Ódienla mañana, venérenla hoy.

 

Psicocumbia!: Sonido Gallo Negro en… Sendero Místico

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1966. Perú. Una banda de música llamada Los Destellos va a cambiar el sonido de la música popular sudamericana. Enrique Delgado, su líder, enchufa la guitarra eléctrica, aprieta el pedal de la distorsión y un infernal fuzz da nacimiento a la cumbia psicodélica. Un par de años después, una vez recopiladas las canciones con las que habían enloquecido a un país en un larga duración el fenómeno se extiende y su mixtura de ritmos tradicionales y acidez se convierte en el sonido de las orquestas de los 70 hasta que, ya entrando en los 80 los distintos ritmos se unifican bajo el nombre de música chicha.

Popular, hipnótica y bailable, la chicha se ha venido reivindicando en diferentes reediciones y recopilatorios en los últimos tiempos. Pero también por grupos como los ya veteranos Chico Trujillo, los infecciosos Los Chinches, Ondatrópica, orientados al latin, Frente Cumbiero, con inflexiones electrónicas o los mexicanos Sonido Gallo Negro, más tendentes a lo alucinado que ningún otro grupo de este u otros estilos pansudamericanos, tremendamente vitales y activos frente a la anglosajonia dominante.

La propuesta de Sonido Gallo Negro, que más que banda es un colectivo, es la de recuperar un sonido singular y extravagante, llevando sus estructuras repetitivas a un punto de trance psicoactivo mediante performance esotéricas que mezclan ritualismo y hedonismo. Misas selváticas al compás del órgano Farfissa y el theremin, encamado con el rimo cumbiero en cadencias circulares, infecciosas y embriagadoras.

Primero en Cumbia Salvaje y ahora en Sendero Místico, toman el legado de Los Destellos y de las propias orquestas mexicanas de los 70, lo bañan en ácido y lo llevan por senderos art-pop, mirando de reojo al tropicalismo y la propia tradición psyche y garagera sudamericana para, así, actualizar y simplemente recrear la especificidad de un sonido popular y crudo, festivo y sudoroso capaz, como se ve desde la portada, de derretirle a uno el cerebro y colocarle en un lugar mítico, fuera de cualquier realidad, a través de un manifiesto estético.

https://www.mixcloud.com/LaEsbilla/sonido-gallo-negro-sendero-m%C3%ADstico-ep/

Bajo el Arco Iris: The Black Lips

Publicado en Más 24

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Es verdad que los Black Lips han ido abandonando sus orígenes; es verdad. También que han limpiado su sonido desde los garajazos low-fi  hasta una producción profesional; también. Pero en el camino han perdido algo y han ganado algo. Se fueron haciendo más imprevisibles y variados. Ya no era solo su interpretación arty del punk sixties a piñón fijo, con los Sonics y otras luminarias del underground entre ceja y ceja. Quiero decir, Black Lips! era un álbum glorioso, pura suciedad en los surcos, pero de eso ya hace una década y pico.

El siguiente par de discos profundizó en esa vía, incorporando retazos de psicodelia ruidista que hacía pensar en unos Seeds pasados acoples hasta cristalizar en el formidable Let It Bloom, versión antológica del  ‘Hippie, Hippie, Hoorah’ de Jacques Dutronc incluida. El grupo se había arriesgado a evolucionar y dejar potenciales fans por el camino al salirse de cualquier vía restrictiva. Eso les permitió lanzarse a territorios donde se cruzaban country, psicodelia, bluesismos, powerismos y garagismos de todo pelaje. Y por ahí han seguido, ampliando el espectro, acogiendo por ejemplo elsurf que dominaba, entre tonos ácidos, raíces y hasta retazos soul, el anterior y memorable Arabia Mountain, cuyo sonido ya era mucho más lleno y armonioso (ambicioso).

Casi se podría decir que este es el disco de rock sureño de los de Atlanta. Una versión llena de sentido de humor negro y retorcido de los Drive by Truckers, con guiños al punk angelino de los Social Distortion y piezas puramente sureñas como ‘Boys in the Wood’. Escapada del imaginario de Garth Ennis, es una pieza oscura y arrastrada en voz y guitarras, una amenaza que pilla por sorpresa en el ambiente enérgico que ha ido creando el disco los pildorazos garage countryficado, que suenan a eso… a sus primeros discos limpiados y abrillantados.

Muy disfrutable en conjunto, mostrando a una banda con un admirable gusto por contrastar su personalidad con otros sonidos, parece también como si estuviesen cerrando un círculo que los lleva hacia la autorreferencia. Quizás tengan que ver con las circunstancias de producción, con casi medio álbum en manos de Mark Ronson, quien ya los había acompañado en Arabia Mountain y que aquí deja un clásico como ‘Make You Mine’ para el repertorio de un futuro Grandes Éxitos, y el otro de Patrick “The Black Keys” Carney, quien parece contaminar a veces demasiado -‘Dandelion Dust’- con unos tonos algo postizos.

Guapos para el mañana: Dancing Time! con Pasapogas Hammond Quartet

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Hay discos que uno puede escuchar de cualquier manera y discos que requieren un cierto ritual. Discos para los cuales hay que vestirse con propiedad.

Dancing Time! el 7 pulgadas de los ilicitanos Pasapogas Hammond Quartet le hace a uno sentirse elegante. Es, queda dicho, una edición en vinilo, con lo cual el ritual está garantizado y es en la práctica obligatorio. La aguja le da un beso al vinilo y, bueno, es otra cosa. Suena lleno y suena crujiente, suena atemporal e inmediato. Suena pop… siendo jazz.

Los cuatro cortes del sencillo son un muestrario de habilidades por parte de un conjunto de veteranos de la escena modernista y jazzística donde convergen elmodern jazz, el bugalú, el funk soul y los retazos acid entre hammond infeccioso, metales sensuales (¡esa flauta casi tropicalia de ‘Welcome Mr. Lambert!’) y percusiones enérgicas que imposibilitan quedarse quieto. No lo hagan, a bailar; que para eso se hacen estas canciones.