He aquí el hombre: Father John Misty en I Love You, Honeybear

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Hay discos de hundimiento. Discos que son como ver un barco irse a pique: hermoso, trágico y ridículo. Derrotando primero y alzando proa después para decir adiós. Desde ahí saludaron gente como Randy Newman (“Bored in the USA” es hija bastarda del cantautor con la mente flotando en vitriolo), Warren Zevon o Neil Young, todos ellos de un modo u otro resonando entre el barroco set sonoro de “I Love You, Honeybear”.

Segunda, y nueva, entrega del destartalado universo de Josh Tillman en su alter ego de Father John Misty, combina melodías de la Costa Oeste, luminosas y vitalistas con textos sórdidos, de farsesco narcisismo ahora e implacable honestidad sin maquillar luego. En el cabe incluso una narcótica pieza de electrónica casera, que en su paradójica presencia no desentona en el caos vital del músico, en su relato de la vanidad propia y la futilidad ajena, ni en el lujuriante acabado de un disco lleno de vientos y pianos, coros angelicales y guitarras acústicas, de energía y oscuridad vital que suena, sinestésicamente hablando, como cristal sucio y rayado.

Una comedia sin gracia, una tragedia ridícula, tristeza, amargura y cinismo dándole la mano a la confesión y la herida en melodías vitalistas o que derriten. Tillman (o Faher John Misty, nuca se sabe quién es cual) se vale del country ácido, de su voz capaz de vender cualquier cosas y de su facilidad para las construcciones pop y se tira a la vía, empujándonos de paso. En eso también recuerda a Randy Newman.

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El océano pacífico es arcoíris: Jenny Lewis en The Voyager

Jenny Lewis se ha puesto un traje blanco con arcoíris para homenajear el famoso conjunto de Gram Parsons en la portada de “The Gilded Palace of Sin”, mítico disco de psicodelia country de los Flying Burrito Brothers. Pero Jenny Lewis ya no viaja en esa dirección, aunque siga resumiendo el paisaje californiano.

California está en las pistas de sonido y en el imaginario vital que recuentan, porque este es un disco recapitulativo y nostálgico, también uno de cambiar de piel, un poco de autoanálisis… a veces demasiado. Lo que ocurre es que Jenny Lewis es inteligente y tiene suficiente sentido del humor (seco) como para contemplarse a ella misma como personaje y no aburrirnos con las cuitas de la bohemia californiana. Irónico y cruel, lúcido en momentos demoledores como “Just One Of The Guys” donde demuestra su maestría y oficio como creadora de canciones en un tempo milimetrado, desborda sentido de la observación y malicia.

“The Voyager” también suena distinto, lujoso y brillante, completando así la clásica ironía del pop abrazando, bajo la producción de Beck en algunos cortes, desde el power pop a la electrónica, fabricando un espacio narrativo y musical donde el ochenterismo adherente y nuevaolero encontrándose con el vacío épico y la tristeza indefinible del “Pacific Ocean Blue” de Dennis Wilson. Sonando como hay que sonar para triunfar, pero retorciéndolo todo desde el interior.

Pop de mediodía: Cooper en UHF

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No es de extrañar que Alex Díez Garín haya embarcado a Cooper en una curiosa gira de sesiones vermú. Conciertos de mediodía, de hedonismo de domingo y primavera todos los días. UHF suena a todo eso. Solo seis canciones, poco más que un ep. Alargado, con extras, con otra caña y otro pincho. Canciones de pop atemporal, de pop de mediodía y de entretiempo. Un sentimiento de melancolía y buen humor sintetizado en la maravillosa “Entre girasoles”, más cerca de Los Ángeles o Juan y Junior que de Ocean Colour Scene.

UHF es un extensión de los sonidos y las melodías que redondeaban “Mi universo”, su esplendoroso disco del 2011 que abría el imaginario del grupo (o del artista, aunque en este caso la canción de cierre: una poderosa versión de “Nosotros”, clásico de Los Scooters) hacia la Costa Oeste o el pop español sesentero. El ritmo y los temas exploran esos lugares, sin renunciar al tono brit de “Brick Lane” o la observación de costumbres post-Ray Davies de la enérgica “Hipsters”. Una colección de canciones, directas, sin mayores adornos que unas buenas guitarras y unas elegantes armonías vocales, registradas con la urgencia del que no quiere perder ese algo y el conocimiento del que vive para fabricar canciones: del que sabe y puede.

Definición de soul: Lee Fields & The Expressions en Emma Jean

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“Y lo intentas, y lo intentas, y los sigues intentando…Pero, sencillamente, no puedes ganar”. Lee Fields debió de pasarse más de tres décadas con eso taladrado en la cabeza, doliéndole en la voz. Un soulman nacido a destiempo. Pero el futuro es una cosa muy curiosa: está llena de trucos y desvíos. Así, en algún momento del viaje, el futuro comenzó a transformarse en el pasado para Lee Fields. Su soul profundo, cada vez más y más profundo, se encontraba con una escena que reclamaba autenticidad. Una carretera asfaltada en dos direcciones. Y a Lee Fields le sobra autenticidad, tal vez, incluso, durante muchos años fue lo único que tuvo. No es de extrañar que el sello donde está entregando su madurez se llame Truth & Soul: un hogar de y para verdaderos creyentes.

En Emma Jean lo rodean de nuevo los Expressions, una banda carnal y absorbente, mucho más que músicos de sesión que reeditan a los obreros del Soul de Muscle Shoals en Alabama o la Motown en Detroit, donde lideraban los Funk Brothers. Ellos empujan y recogen la voz al límite de la emoción de Fields. Este se eleva, demonios, hasta levita, en serpenteantes baladas volcánicas como ‘Eye to Eye’ o la apabullante ‘Don’t Leave me This Way’, un cierre de disco orgasmante. Y domina, en ese estado de gracia del que se ha encontrado con un extra vital que ni esperaba ni creía, entre el fuzz y el funk de ‘Standing By Yor Side’ o habita, hasta poseerla al completo, un clásico como Magnolia, donde J. J. Cale, desciende a las profundidades del soul: grave, solemne y ardiente.

En el campo espacial: Alfa 9. Gone to Ground

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Gone to Ground comienza con un corte que parece fugado de otro disco. ‘El Morocco’, con su ritmo de cabalgada te mete de un empujón en un westernq ue enseguida cambia de tono. Los ecos morriconianos se vuelven campestres al contacto inmediato con el legado melódico/melancólico de los Byrds. La película, entonces, se convierte en un agradable viaje de country-rock espacial, menos etéreo que, por ejemplo, los de los Beachwood Sparks, aunque estos sean palpables en ‘Seedles’ o ‘Ferry Song’. Alfa 9, que son de Stoke-on-Trent, y no de la soleada California

Mecido y agitado, alternativamente, el disco viaja cómodo por el oído y hasta deja ecos perdurables como la sanadora ‘Into the Light’. Luego se endurece durante un buen tramo, entre guitarras intrincadas y unas sonoridades donde los ‘Dillars’ o ‘Hearts and Flowers’ son amenazados por una posturas más ruidistas que acercan el conjunto, vía Costa Oeste siempre, a los escoceses Teenage Fanclub del estupendo Songs From Northern Britain. Una curiosa influencia de ida y vuelta… y vuelta e ida, y así.

Jacco Gardner te invita al Cabinet of Curiosities

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Jacco Gardner bien puede ser un muchacho holandés de veintitantos años afectado de severa melancolía, o bien un viajero espaciotemporal de la cultura del ácido atrapado en mitad del trayecto de vuelta, tras haber grabado un disco perdido junto al Donovan de la época del Sunshine Superman.
Su camarote de curiosidades ofrece, tras penetrar el entramado baroque de la inicial ‘Clear the Air’, exactamente aquello que su prometedor título insinúa: un recorrido por un paisaje íntimo de belleza intrincada y cristalina, mitad onirismos, mitad… más onirismo.

Las canciones son como pájaros raros que descansan en los instrumentos más estrafalarios, los cuales tejen cojines de sinfonías de pop en miniatura, como ‘Puppets Dangling’, que te agarran en un escucha en bucle. Un tienda de rarezas atemporal con un mucho del folk psicodélico británico y elementos que lo hermanan con el sunshine pop, en especial de esa joya que es el Past Tense de Saggitarius.

Grabado de modo absorbentemente personalista por Gardner, conducido por su hilo de voz enigmático, desciende en espiral hacia la tristeza burlona de juguetes como ‘Chameleon’ o ‘The Ballad Of Little Jane’, pero poseedor de una imaginería levemente perversa, con ese oscuro reverso que los sonidos cristalinos siempre parecen disimular.

Coda: a modo de complemente se recomienda la escucha del proyecto paralelo de Gardner junto a la cantante española Miri May donde, disfrazado de productor/demiurgo, se lanza al garaje-psych de menos de tres minutos en joyas como su versión de ‘You Are My Angel’ de los mexicanos Los Monjes.

Bajas de esta guerra: Charles Bradley. Victim of Love

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Dice el novelista George Pellecanos (bueno lo dice Derek Strange pera ya me entienden) en Revolución en las calles que James Carr, mítico cantante de soul sureño del sello Goldwax, «parecía estar familiarizado con el dolor y los disgustos». Charles Bradley tiene también una de esas voces: las de los que se agarran hasta con los dientes, porque saben que lo hay debajo es una espiral al vacío.

Bradley es el soulman del fondo de la cubeta de los discos olvidados de la tienda perdida del callejón del barrio del culo del mundo. Nacido en Florida, es un superviviente de sesenta y cinco años, que ha rebotado de trabajo en trabajo por toda la geografía americana, alimentado con ello una voz mítica y evocadora, donde retumban James Brown, de quien ejerció de imitador con el sobrenombre de Black Velvet, y Otis Redding, James Carr y O.V. Wright.

Victim of Love, con la producción del indispensable Thomas Brenneck, carnal y sedosa, sintetiza funk de los primerísimos 70  y southern soul de los últimos 60. Desde ‘Strictly Reserved for You’ o ‘Let Love Stand a Chance’ hasta la instrumental ‘Dusty Blues’ o ‘Confusion’, conviven baterías y bajo retumbantes, metales y flautas sensuales, algo de fuzz y, sobre todo, una voz furiosa y doliente, rebosante de orgullo y fragilidad por igual.

Las canciones de Bradley son un volcado vital, paralelo en muchos aspectos a los trabajos de otro resucitado como Lee Fields, que retoman el soul como si el tiempo se hubiese detenido en 1972, más o menos, logrando que nada parezca prestado, sino honesto y genuino, básicamente porque allí vive Bradley todavía, experiementando hoy la gran oportunidad que no tuvo ayer.