Viejo Garage: More of The Satelliters

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Este More of The Satelliters de, bueno, de los Satelliters, parece estar del revés. Quiero decir… la mayoría de los discos tienden a agrupar sus mejores armas al principio, en esa hipotética Cara A, y luego, cuando ya se tiene al oyente cautivo pues deslizar un poco de relleno. More of The Satelliters hace casi lo contrario. Empieza muy bien, es cierto, aunque ‘You Turned in My World’, con su infeccioso órgano es un poco demasiado familiar. Un corte de garaje revival clásico, en todo caso.

No quiero decir que se dedican a colocar descartes uno tras otro, sino que todo avanza con familiaridad. Una escucha sin sobresaltos, donde cada canción sigue a la siguiente como podría seguir a otra. Todo bien, para ponerlo de fondo y menear un poco la cadera. Ritmos sudorosos, cortes clasicotes, aceleraciones y desaceleraciones, armónica y Farfissa. Ninguna canción que te haga pararte y volver a ponerla, nada tan excitante como para preferirlo a, por ejemplo, aquel ‘It’s All Hashish’ de hace ya una década.

Entonces ‘It’s Gotta Be You’ te pega una sacudida. Se parece a lo de antes, pero hay algo más. Esos coros costa oeste, ese regreso del órgano y el fuzz,esa batería…tienes que ser tú. A partir de ella el disco es otro, como si se concentrase. Su últimos cuatro cortes, insuperable cada uno de ellos, conforman un demoledor sencillo, a dos canciones por cara donde los Sonics se saludan con los Seeds, donde reina la hipnótica ‘I’m Up to Find’ y donde estos alemanes, veteranos de la escena garagera desde los 90, se definen como aquello que son, como aquello que fueron las bandas que invocan: reyes del formato breve.

“Tras un fundido en negro / de más de veinte inviernos”: Cooper, Mi Universo.


El expresivo fondo op-art de la Fundación Vasarely, un edificio-biblioteca-museo creada por al artista Victor Vasarely en Aix-en-Provence en 1976, envuelve por primera vez a Alex Diéz en la portada de uno de sus discos bajo el nombre de Cooper. Quizás una reafirmación estético-conceptual de una idea que es una manera de vivir y de conducirse en la profesión y en el negocio, metaforizada por ese espacio-construcción única. Una combinación de simplicidades, de curvas y rectas, que dan lugar a un constructo de endiablada sofisticación.

Cosido a la psicodelia elegante, el power-pop de guitarras, el beat retromoderno y el sonido mod, ejemplifica la coherencia, la resistencia y la indestructible honestidad del fabricante de canciones. Mi Universo es, probablemente, su mejor trabajo en formato LP. Superior incluso a sus logros con Los Flechazos que, aunque estén teñidos por una vitalidad y una incosnciencia especial, quedan superados por el único verdadero largo a nombre de Cooper: Fonorama, trabajo editado en 2001 más cercano al brit-pop a la Teenage Fanclub o los Ocean Colour Scene, sin contar un puñado de Ep’s  desperdigados a los largo de los años que rinden tributo a una admirable filosofía de single, algo muy presente desde sus tiempos de Los Flechazos cuando desde la periferia de las cosas, León en su caso, vertebró la siempre quebradiza escena modernista nacional con una credibilidad impecable.

La carrera de Alex Diéz representa en su conjunto unos sentimientos y una manera de hacer insobornable y genuina de la cual este disco supone una decantación. Síntesis de orgullo y melancolía, que comienza siendo de cristal en la titular Mi Universo, mecida en olas ácidaspara romperse “Tras un fundido en negro / de más de veinte inviernos” en la arrolladora Cortometraje.

Un disco con el sabor dulzón de la nostalgia del final del verano, donde se incorporan vibraciones norteamericanas, ecos del sueño de la costa oeste, de los Byrds a Beachwood Sparks pasando por los hoy un tanto olvidados Poco que mecen el disco y renuevan influencias entre los trallazos revivalistas como la saltarina y afilada Entre la basura o las texturas atmosféricas de Saltos de esquí.

Un largo elaborado para parecer natural, con las canciones trabajadas de forma unitaria y al tiempo pertenecientes a ese todo que es Mi Universo.  Lo cual da idea de la laboriosa manufactura interna, nada subrayada, de un trabajo que supone la culminación de un sonido donde conviven lo acogedor y lo afilado, lo evocador y lo directo.

Para escuchar a las puertas del final del verano y recuperarlo en el corazón del invierno.