La luz melancólica: Ron Sexmith en Carousel One

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Ron Sexsmith es sinónimo de eso que Andrés Calamaro definía como “artesano de canciones”. Es, también, un músico de músicos, un intérprete secreto y todas esas cosas bonitas y amables que se dicen de la gente con talento a la cual el éxito les ha hecho un regate pero que se han arreglado para, al menos, rozar el balón.

Costelliano, pero con la crueldad y brutalidad de este, de Elvis Costello quiero decir, sustituida por una melancolía tierna e insondable y un humor en el cual requiebra la ironía; como esa que domina el standard country “Is Anybody Goin To San Antone”, que en su voz y cadencia suena a irónico cruce entre George Jones y Nick Lowe; uno de los héroes de Sexsmith, otro músico secreto.

Carousel One es la nueva colección de un cancionero que parece inagotable. Una que suena a final de verano, algo propio de la sensibilidad estacional de Sexsmith hasta el punto de poder oírse como su acercamiento al sunshine pop. La melodía cristalina dominando, la voz precisa y la instrumentación luminosa y acariciante mandando (esta vez) la tristeza proverbial de su carrera a un rincón.

No engañemos, no nos engañemos, Sexsmith suena como una variación sobre sí mismo, cita a Burt Bacharach y Paul McCartney, otros popes personales, funde country, folk, soul y pop atemporal, canta sonriendo un poco más esta vez pero todo está en su sitio: el que se construyó hace ya más de veinte años a base de madera y ladrillos de pop en miniatura sentimental. Lo que ocurre es que a veces (muchas) lo confortable es lo necesario, volver a un lugar del que no apetece salir y dejarse ir por el oficio del que sabe lo que te hace falta.

Stella Stevens decía que Jason Robards, su partenaire en La balada de Cable Hogue, tenía “voz de manta vieja”. Los discos de Sexsmith son un poco así: tienen partes ásperas y raídas, otras perpetuamente cálidas y consoladoras y sirve todo el año.

He aquí el hombre: Father John Misty en I Love You, Honeybear

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Hay discos de hundimiento. Discos que son como ver un barco irse a pique: hermoso, trágico y ridículo. Derrotando primero y alzando proa después para decir adiós. Desde ahí saludaron gente como Randy Newman (“Bored in the USA” es hija bastarda del cantautor con la mente flotando en vitriolo), Warren Zevon o Neil Young, todos ellos de un modo u otro resonando entre el barroco set sonoro de “I Love You, Honeybear”.

Segunda, y nueva, entrega del destartalado universo de Josh Tillman en su alter ego de Father John Misty, combina melodías de la Costa Oeste, luminosas y vitalistas con textos sórdidos, de farsesco narcisismo ahora e implacable honestidad sin maquillar luego. En el cabe incluso una narcótica pieza de electrónica casera, que en su paradójica presencia no desentona en el caos vital del músico, en su relato de la vanidad propia y la futilidad ajena, ni en el lujuriante acabado de un disco lleno de vientos y pianos, coros angelicales y guitarras acústicas, de energía y oscuridad vital que suena, sinestésicamente hablando, como cristal sucio y rayado.

Una comedia sin gracia, una tragedia ridícula, tristeza, amargura y cinismo dándole la mano a la confesión y la herida en melodías vitalistas o que derriten. Tillman (o Faher John Misty, nuca se sabe quién es cual) se vale del country ácido, de su voz capaz de vender cualquier cosas y de su facilidad para las construcciones pop y se tira a la vía, empujándonos de paso. En eso también recuerda a Randy Newman.

El océano pacífico es arcoíris: Jenny Lewis en The Voyager

Jenny Lewis se ha puesto un traje blanco con arcoíris para homenajear el famoso conjunto de Gram Parsons en la portada de “The Gilded Palace of Sin”, mítico disco de psicodelia country de los Flying Burrito Brothers. Pero Jenny Lewis ya no viaja en esa dirección, aunque siga resumiendo el paisaje californiano.

California está en las pistas de sonido y en el imaginario vital que recuentan, porque este es un disco recapitulativo y nostálgico, también uno de cambiar de piel, un poco de autoanálisis… a veces demasiado. Lo que ocurre es que Jenny Lewis es inteligente y tiene suficiente sentido del humor (seco) como para contemplarse a ella misma como personaje y no aburrirnos con las cuitas de la bohemia californiana. Irónico y cruel, lúcido en momentos demoledores como “Just One Of The Guys” donde demuestra su maestría y oficio como creadora de canciones en un tempo milimetrado, desborda sentido de la observación y malicia.

“The Voyager” también suena distinto, lujoso y brillante, completando así la clásica ironía del pop abrazando, bajo la producción de Beck en algunos cortes, desde el power pop a la electrónica, fabricando un espacio narrativo y musical donde el ochenterismo adherente y nuevaolero encontrándose con el vacío épico y la tristeza indefinible del “Pacific Ocean Blue” de Dennis Wilson. Sonando como hay que sonar para triunfar, pero retorciéndolo todo desde el interior.

Pop de mediodía: Cooper en UHF

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No es de extrañar que Alex Díez Garín haya embarcado a Cooper en una curiosa gira de sesiones vermú. Conciertos de mediodía, de hedonismo de domingo y primavera todos los días. UHF suena a todo eso. Solo seis canciones, poco más que un ep. Alargado, con extras, con otra caña y otro pincho. Canciones de pop atemporal, de pop de mediodía y de entretiempo. Un sentimiento de melancolía y buen humor sintetizado en la maravillosa “Entre girasoles”, más cerca de Los Ángeles o Juan y Junior que de Ocean Colour Scene.

UHF es un extensión de los sonidos y las melodías que redondeaban “Mi universo”, su esplendoroso disco del 2011 que abría el imaginario del grupo (o del artista, aunque en este caso la canción de cierre: una poderosa versión de “Nosotros”, clásico de Los Scooters) hacia la Costa Oeste o el pop español sesentero. El ritmo y los temas exploran esos lugares, sin renunciar al tono brit de “Brick Lane” o la observación de costumbres post-Ray Davies de la enérgica “Hipsters”. Una colección de canciones, directas, sin mayores adornos que unas buenas guitarras y unas elegantes armonías vocales, registradas con la urgencia del que no quiere perder ese algo y el conocimiento del que vive para fabricar canciones: del que sabe y puede.

Folkman: Ryley Walker en Primrose Green

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Es comenzar Primrose Green (por, precisamente, ‘Primrose Green’) y darse cuenta de que Ryley Walker ha decido ponerse a dialogar con Bert Jansch, Richard Thompson, Tim Buckley y Nick Drake. Y eso es mirar muy alto. La canción marca el disco, lo define, casi se diría que lo acota, dentro de un flujo psicodélico que serpentea entre lo pastoral y el jazz, el folk ácido británico y la introspección del cantautor americano.

Chicago, de donde es Ryley Walker, queda lejos del espacio donde se desarrolla el disco, la Inglaterra de los ultimísimos 60 y primeros 70, pero no desentonarían en un set junto a Pentagle, The Incredible String Band o Fairport Convention. Unas singulares referencias para un músico que se aparta de la sombra tanto de Laurel Canyon como la de Will Oldham en sus múltiples encarnaciones.

Primrose Green es un álbum paisajístico, música del espacio interior proyectada un horizonte de guitarras cristalinas y voz ululante. Instrumentista prodigioso, al borde del virtuosismo inane, pero sin caerse dentro de momento, compositor sentido y cantante todavía con voz prestada, Walker envuelve las canciones, las arropa en una adormidera sonora, pero también es capaz de sacudirlas, tensarlas a golpe de fuzz y de free. Unas buscan el crescendo catártico, como ‘Sweet Satisfaction’, otras piden ser acariciadas y queridas, como ‘Hide in The Roses’, y en algunas te quedarías a vivir, como si fuesen una parcela de un ideal, óigase ‘On The Banks Of The Old Kishwaukee’, quizás la más americana del conjunto.

Viejo Garage: More of The Satelliters

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Este More of The Satelliters de, bueno, de los Satelliters, parece estar del revés. Quiero decir… la mayoría de los discos tienden a agrupar sus mejores armas al principio, en esa hipotética Cara A, y luego, cuando ya se tiene al oyente cautivo pues deslizar un poco de relleno. More of The Satelliters hace casi lo contrario. Empieza muy bien, es cierto, aunque ‘You Turned in My World’, con su infeccioso órgano es un poco demasiado familiar. Un corte de garaje revival clásico, en todo caso.

No quiero decir que se dedican a colocar descartes uno tras otro, sino que todo avanza con familiaridad. Una escucha sin sobresaltos, donde cada canción sigue a la siguiente como podría seguir a otra. Todo bien, para ponerlo de fondo y menear un poco la cadera. Ritmos sudorosos, cortes clasicotes, aceleraciones y desaceleraciones, armónica y Farfissa. Ninguna canción que te haga pararte y volver a ponerla, nada tan excitante como para preferirlo a, por ejemplo, aquel ‘It’s All Hashish’ de hace ya una década.

Entonces ‘It’s Gotta Be You’ te pega una sacudida. Se parece a lo de antes, pero hay algo más. Esos coros costa oeste, ese regreso del órgano y el fuzz,esa batería…tienes que ser tú. A partir de ella el disco es otro, como si se concentrase. Su últimos cuatro cortes, insuperable cada uno de ellos, conforman un demoledor sencillo, a dos canciones por cara donde los Sonics se saludan con los Seeds, donde reina la hipnótica ‘I’m Up to Find’ y donde estos alemanes, veteranos de la escena garagera desde los 90, se definen como aquello que son, como aquello que fueron las bandas que invocan: reyes del formato breve.

Definición de soul: Lee Fields & The Expressions en Emma Jean

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“Y lo intentas, y lo intentas, y los sigues intentando…Pero, sencillamente, no puedes ganar”. Lee Fields debió de pasarse más de tres décadas con eso taladrado en la cabeza, doliéndole en la voz. Un soulman nacido a destiempo. Pero el futuro es una cosa muy curiosa: está llena de trucos y desvíos. Así, en algún momento del viaje, el futuro comenzó a transformarse en el pasado para Lee Fields. Su soul profundo, cada vez más y más profundo, se encontraba con una escena que reclamaba autenticidad. Una carretera asfaltada en dos direcciones. Y a Lee Fields le sobra autenticidad, tal vez, incluso, durante muchos años fue lo único que tuvo. No es de extrañar que el sello donde está entregando su madurez se llame Truth & Soul: un hogar de y para verdaderos creyentes.

En Emma Jean lo rodean de nuevo los Expressions, una banda carnal y absorbente, mucho más que músicos de sesión que reeditan a los obreros del Soul de Muscle Shoals en Alabama o la Motown en Detroit, donde lideraban los Funk Brothers. Ellos empujan y recogen la voz al límite de la emoción de Fields. Este se eleva, demonios, hasta levita, en serpenteantes baladas volcánicas como ‘Eye to Eye’ o la apabullante ‘Don’t Leave me This Way’, un cierre de disco orgasmante. Y domina, en ese estado de gracia del que se ha encontrado con un extra vital que ni esperaba ni creía, entre el fuzz y el funk de ‘Standing By Yor Side’ o habita, hasta poseerla al completo, un clásico como Magnolia, donde J. J. Cale, desciende a las profundidades del soul: grave, solemne y ardiente.